De la sabiduría y la locura

Simplemente, BALONCESTO. La visión de un joven amante del balón naranja.

El día que cambió el baloncesto.

Espectáculo de negros para disfrute de blancos. Es una de las máximas que se sienten -pero no se dicen- en el baloncesto estadounidense a día de hoy. Pero esto no era así décadas atrás. ¿Desde los orígenes del deporte de la canasta? Ni mucho menos. Nos tendríamos que remontar varios años atrás en el tiempo, pero a su vez hacia adelante con respecto a la creación del profesor Naismith, para recordar el día en el que el baloncesto cambió profundamente.

Verano de 1961. La universidad de Texas Western, hoy conocida como la universidad de Texas-El Paso, decide contratar para su equipo de baloncesto al joven Donald L. Haskins. En plena crisis deportiva, con un equipo bastante malo y patoso, la incorporación de este antiguo entrenador de baloncesto femenino no hizo más que aumentar las dudas sobre el correcto funcionamiento del organigrama de la universidad. Tras varios años en los que los directivos limitaban las ideas de un Haskins joven y con visión de futuro, en las noches calurosas de 1965 se empieza a labrar la sorpresa. La búsqueda en las canchas callejeras de Indiana y New York no cesan hasta que el entrenador decide que tiene listo su equipo para la temporada 65-66. Una temporada que marcará un hito en la historia del baloncesto.

A mediados de la década de los 60 el racismo era aún muy patente en todo el territorio estadounidense, y más todavía en la parte sureña del país. Aunque las mayores estrellas del baloncesto eran jugadores negros, a estos se les tenía como jugadores poco disciplinados e incapaces de jugar en equipo, pensando sólo en pasárselo bien y adornar su juego con florituras inútiles. Las universidades que reinaban la NCAA en aquel momento eran Kentucky y Duke, dos colegios con una plantilla de origen totalmente anglo-americano, que practicaban un baloncesto serio, frío y calculador, en el que cualquier drible innecesario era muestra de inseguridad e inmadurez en la cancha. Haskins no creía en eso. De cara a la campaña de 1966, formaría un equipo compuesto por 4 jugadores de origen anglo-americano, 1 hispano y 7 de origen afro-americano. La noticia no tardó en correr, y todo el país se mostró sorprendido por esta decisión. Empezando por la propia universidad de Texas Western, que recibió con hostilidad a las nuevas incorporaciones del equipo de baloncesto. Sin embargo, y pese a todas las penurias que tuvieron que pasar, los partidos de liga regular acabarían con un balance positivo de 23 victorias y sólo 1 derrota. Rival de la universidad sureña era rival que se quedaba atónito con el juego desplegado por los pupilos de “The Bear”.

Llegó la gran noche. Sin comerlo ni beberlo, la modesta Texas Western se había colado en los aposentos que ocupaban en su mayor tiempo Kentucky y Duke. El 19 de marzo de 1966 se jugaría en Maryland la final de la NCAA, que enfrentarían a los de Don Haskins contra la Kentucky del genio Adolph Rupp, quien, previamente preguntado en sala de prensa, había mostrado tintes racistas en sus palabras. Locura en las gradas abarrotadas. Suena el himno americano mientras la bandera de las barras y estrellas ondea en lo alto. Y, acto seguido, silencio. Expectación. Salían ambos quintetos, y, sin saber los colores tradicionales de cada universidad, se podía distinguir ambos equipos: el de Texas eran los 5 chicos de color.

Algo impensable en aquel momento. Un quinteto de un equipo de baloncesto compuesto por chicos de color. ¿Baloncesto? Digamos que en cualquier deporte colectivo del país ver a tantos negros juntos era sinónimo de abucheos y calumnias. Era casi una ofensa para la institución que representaba. Pero aquella noche todo era diferente. Pese al comienzo hostil que aguantaron los jugadores texanos, el público acabaría rendido a los pies de unos chavales que, independientemente del color de sus pieles, sabían divertirse jugando al baloncesto. Sabían contagiar esa felicidad a los espectadores.

Al año siguiente muchos equipos sureños, cerrados hasta ese momento en la idea de fichar jugadores negros, incorporaron a su plantel varios atletas altos y corpulentos. Haskins tendría que aguantar varias cartas con amenazas de muerte, pero su labor de curtir a cualquier jugador para la NBA no había hecho sino empezar. Terminaba la segregación, comenzaba la revolución.

Donald L. “Don Haskins” diría años más tardes que “Sólo puse a los mejores hombres para ganar. Siempre hago eso”. Consciente o incoscientemente, el hecho es que cambió totalmente el modo de ver al deporte en los Estados Unidos de América. El entrenador, parte del Hall of Fame del baloncesto mundial, se pasaría hasta el año 1.999 (sí, han leído bien, un total de 38 temporadas consecutivas) dirigiendo a sus chavales de Texas El Paso. 21 post-temporadas, 14 NCAA y 7 NIT, con un récord final de 719 victorias por 354 derrotas.

Aquella noche de marzo, los mineros de la UTEP desecharían la idea de un baloncesto aburrido y calculador, para dar paso a lo que hoy conocemos como baloncesto.

No dice nada nadie »

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