De la sabiduría y la locura
Simplemente, BALONCESTO. La visión de un joven amante del balón naranja.
2 - Diciembre - 2007 a las 11:13 · Archivado en General
El que la sigue la consigue. Tiramos de refranero para encontrar uno que encuentra en Jamario Raman Moon la confirmación. Un chico que con 27 años ha llegado a cumplir su sueño: jugar en la NBA.
El 13 de junio del año 1980, en Goodwater, Alabama, nacía Jamario Raman Moon, en una familia de clase media tirando a baja, pero con un hogar reconfortable y lleno de amor. Cierto es que en el estado sureño de Estados Unidos son las personas de raza negra las que predominan, pero los gobernantes son blancos, y como ya dijo en su día el gran y polémico Charles Barkley, “si ves a un negro cerca de la casa del gobernador de Alabama, es que toca día de la limpieza”. No sería inconveniente para que un joven con un portentoso físico se abriese camino en la vida. Estudió en Coosa Central, en la pequeña localidad de Rockford. Con un baloncesto que aprovechaba muy bien su gran físico, muchas eran las páginas webs especializadas en el baloncesto universitario que le colocaban como una de las primeras elecciones del Draft de 2002.
Pero en 2001 todo se truncaría. Después de jugar doce encuentros con las Eagles del Meridian Community, en los que promedió unos increíbles 20,8 puntos y 8,7 rebotes por noche, fue suspendido por la universidad por involucrarse en una supuesta pelea del centro. Ese año optó por presentarse al Draft, pero ningún General Manager de la NBA se arriesgó a ofrecerle un contrato, ni tan siquiera una prueba en su equipo. Tras la gran decepción –aunque esperable- que sufrió Jamario, probó suerte en la CBA con el sueño de llegar algún día a jugar en la mejor liga del mundo. Con los famosos Albany Patroons de la CBA jugó una temporada, promediando 19 puntos y 9 rebotes por partido, además de casi 3 tapones. Llegó incluso a realizar la gira con los Harlem Globetrotters en el año 2004, en cuyas exhibiciones era el encargado de hacer el famoso mate por encima de un árbitro. Vagó por la liga mexicana y por otras ligas de desarrollo estadounidenses, como la USLB.
Llegaría el pasado verano la oportunidad por la que tanto había luchado Jamario Moon. En aquellos seis años nunca le había perdido la cara al reto de llegar a la NBA, aunque con 27 años ya, y ninguna experiencia en ninguna liga de la más mínima seriedad, se presentaba harta complicada la misión. Mientras entrenaba en su casa de Alabama, recibió la llamada de Bryan Colangelo. El cual explicó hace unas semanas, que “viendo las malas elecciones de Draft que poseíamos tras la buena actuación en liga regular y los traspasos diversos realizados, teníamos que tirar de los Free Agents (Agentes libres)”. Eran tres días de entrenamientos con los Raptors, y en los que lucharía por un contrato con otros 39 jugadores. La culminación serían dos partidos de entrenamiento que se realizarían al final de las pruebas. Nadie apostaba nada por él. De los cuarenta jugadores allí presentes, probablemente era el que menos posibilidades tenía. Los otros eran más jóvenes, con más proyección, y, claro está, con más futuro. “Pero su entrega nos cautivó. Luchaba por todos los balones, y además tenía esa forma de saltar. Era como un Dennis Rodman, pero más delgado” dice Colangelo, dejando claras la razones por las cuales ofreció un contrato de dos años a Jamario Moon. Dos años de contrato con el segundo peor sueldo de la NBA, por debajo incluso de nuestro Juan Carlos Navarro.
Pero para él eso era suficiente. El poder jugar en la NBA era el sueño de su vida hecho realidad. Y más el pasado 25 de noviembre, cuando fue titular ante los Bulls, y en el cual consiguió 15 puntos, 9 rebotes, 6 tapones y 3 robos. Si hablamos de Moon en la actualidad, no lo hacemos de “un mono saltarín que le quita minutos a Garba”, sino de un hombre que siempre luchó por su sueño, que nunca se rindió, y que finalmente, lo alcanzó.
Para aquel que crea en aquello del sueño americano, tiene en Jamario Moon un espejo donde observar, y admirar.

7 - Noviembre - 2007 a las 19:27 · Archivado en General
Espectáculo de negros para disfrute de blancos. Es una de las máximas que se sienten -pero no se dicen- en el baloncesto estadounidense a día de hoy. Pero esto no era así décadas atrás. ¿Desde los orígenes del deporte de la canasta? Ni mucho menos. Nos tendríamos que remontar varios años atrás en el tiempo, pero a su vez hacia adelante con respecto a la creación del profesor Naismith, para recordar el día en el que el baloncesto cambió profundamente.
Verano de 1961. La universidad de Texas Western, hoy conocida como la universidad de Texas-El Paso, decide contratar para su equipo de baloncesto al joven Donald L. Haskins. En plena crisis deportiva, con un equipo bastante malo y patoso, la incorporación de este antiguo entrenador de baloncesto femenino no hizo más que aumentar las dudas sobre el correcto funcionamiento del organigrama de la universidad. Tras varios años en los que los directivos limitaban las ideas de un Haskins joven y con visión de futuro, en las noches calurosas de 1965 se empieza a labrar la sorpresa. La búsqueda en las canchas callejeras de Indiana y New York no cesan hasta que el entrenador decide que tiene listo su equipo para la temporada 65-66. Una temporada que marcará un hito en la historia del baloncesto.
A mediados de la década de los 60 el racismo era aún muy patente en todo el territorio estadounidense, y más todavía en la parte sureña del país. Aunque las mayores estrellas del baloncesto eran jugadores negros, a estos se les tenía como jugadores poco disciplinados e incapaces de jugar en equipo, pensando sólo en pasárselo bien y adornar su juego con florituras inútiles. Las universidades que reinaban la NCAA en aquel momento eran Kentucky y Duke, dos colegios con una plantilla de origen totalmente anglo-americano, que practicaban un baloncesto serio, frío y calculador, en el que cualquier drible innecesario era muestra de inseguridad e inmadurez en la cancha. Haskins no creía en eso. De cara a la campaña de 1966, formaría un equipo compuesto por 4 jugadores de origen anglo-americano, 1 hispano y 7 de origen afro-americano. La noticia no tardó en correr, y todo el país se mostró sorprendido por esta decisión. Empezando por la propia universidad de Texas Western, que recibió con hostilidad a las nuevas incorporaciones del equipo de baloncesto. Sin embargo, y pese a todas las penurias que tuvieron que pasar, los partidos de liga regular acabarían con un balance positivo de 23 victorias y sólo 1 derrota. Rival de la universidad sureña era rival que se quedaba atónito con el juego desplegado por los pupilos de “The Bear”.
Llegó la gran noche. Sin comerlo ni beberlo, la modesta Texas Western se había colado en los aposentos que ocupaban en su mayor tiempo Kentucky y Duke. El 19 de marzo de 1966 se jugaría en Maryland la final de la NCAA, que enfrentarían a los de Don Haskins contra la Kentucky del genio Adolph Rupp, quien, previamente preguntado en sala de prensa, había mostrado tintes racistas en sus palabras. Locura en las gradas abarrotadas. Suena el himno americano mientras la bandera de las barras y estrellas ondea en lo alto. Y, acto seguido, silencio. Expectación. Salían ambos quintetos, y, sin saber los colores tradicionales de cada universidad, se podía distinguir ambos equipos: el de Texas eran los 5 chicos de color.
Algo impensable en aquel momento. Un quinteto de un equipo de baloncesto compuesto por chicos de color. ¿Baloncesto? Digamos que en cualquier deporte colectivo del país ver a tantos negros juntos era sinónimo de abucheos y calumnias. Era casi una ofensa para la institución que representaba. Pero aquella noche todo era diferente. Pese al comienzo hostil que aguantaron los jugadores texanos, el público acabaría rendido a los pies de unos chavales que, independientemente del color de sus pieles, sabían divertirse jugando al baloncesto. Sabían contagiar esa felicidad a los espectadores.
Al año siguiente muchos equipos sureños, cerrados hasta ese momento en la idea de fichar jugadores negros, incorporaron a su plantel varios atletas altos y corpulentos. Haskins tendría que aguantar varias cartas con amenazas de muerte, pero su labor de curtir a cualquier jugador para la NBA no había hecho sino empezar. Terminaba la segregación, comenzaba la revolución.
Donald L. “Don Haskins” diría años más tardes que “Sólo puse a los mejores hombres para ganar. Siempre hago eso”. Consciente o incoscientemente, el hecho es que cambió totalmente el modo de ver al deporte en los Estados Unidos de América. El entrenador, parte del Hall of Fame del baloncesto mundial, se pasaría hasta el año 1.999 (sí, han leído bien, un total de 38 temporadas consecutivas) dirigiendo a sus chavales de Texas El Paso. 21 post-temporadas, 14 NCAA y 7 NIT, con un récord final de 719 victorias por 354 derrotas.
Aquella noche de marzo, los mineros de la UTEP desecharían la idea de un baloncesto aburrido y calculador, para dar paso a lo que hoy conocemos como baloncesto.

6 - Noviembre - 2007 a las 22:38 · Archivado en General
La entrada inicial. El debut de este blog en la gran red mundial. El desvirgamiento del maravilloso fondo del blog. En el cual, ya que estamos, se hablará de baloncesto, baloncesto, y de vez en cuando, pero no lo prometo, de baloncesto. Todo desde un punto de vista un tanto humorístico, o al menos eso intentará un servidor, Jesús.
Un saludo, y esperando a la primera entrada a canasta…